Bloque 2 - Ficha 4
Ficha 4 –La persona en el centro: dignidad y singularidad
Para qué sirve esta ficha
Para recordar que toda acción social se justifica solo si pone la dignidad de la persona en el centro, más allá de etiquetas, procedimientos o resultados.
Ideas clave
Cada persona es única e irrepetible, portadora de una dignidad que no depende de sus logros, carencias ni situación vital. «La persona humana es y debe ser el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales» (GS 25).
Desarrollo
La persona en el centro
La Doctrina Social de la Iglesia afirma que «la persona humana es y debe ser el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales» (GS 25). Esta convicción establece un criterio radical: ninguna norma, sistema o institución puede justificar prácticas que reduzcan o anulen la dignidad.
El filósofo Francesc Torralba (2005) recuerda que la dignidad antecede a cualquier circunstancia vital y que, allí donde impera la masificación y el anonimato, corre el riesgo de diluirse.
El olvido del nombre propio, la homogeneización de los apoyos o el uso de etiquetas como “usuario” o “expediente” erosionan esa centralidad. En cambio, reconocer la singularidad significa dar espacio a la biografía de cada persona, con sus heridas y sus potencialidades.
Singularidad y valor de cada vida
María Jesús Goikoetxea (2015), teóloga y referente en el ámbito de la ética aplicada, subraya que la dignidad no puede depender de las capacidades externas, de la autonomía plena o de la productividad social. Aun en situaciones de enfermedad, dependencia o limitación cognitiva, la persona sigue siendo sujeto de respeto absoluto. Por ello, personalizar la intervención significa también cuestionar los enfoques utilitaristas y recordar que cada vida tiene valor por sí misma.
El cuidado como expresión práctica de la dignidad
Desde la filosofía moral, Victoria Camps (2011) ha señalado que el cuidado es la forma práctica en la que se expresa ese respeto a la dignidad. Reconocer la fragilidad y sostener la vida cotidiana son actos de justicia que desvelan la interdependencia humana. Cuidar no es accesorio: es la manera de garantizar que la singularidad de cada persona pueda desarrollarse.
En este horizonte, hablar de personalización en Caritas es hablar de acogida y acompañamiento. Acompañar supone escuchar y abrir un espacio donde la persona pueda ser mirada en su totalidad, no reducida a un problema o a una necesidad puntual. Solo cuando se reconoce a la persona en su conjunto comienza a tejerse la confianza que da sentido al proceso.
Este enfoque se concreta en gestos cotidianos: nombrar a la persona, escuchar su relato, mirarla a los ojos, respetar sus tiempos y decisiones. Pero va más allá del trato interpersonal: implica también organizar los apoyos y programas de modo que respondan a la vida concreta de cada persona, y no a estándares uniformes o indicadores externos de eficiencia.
Poner a la persona en el centro obliga a revisar críticamente cómo a veces las instituciones, centradas en la estandarización, despersonalizan. Caritas está llamada a ser signo contrario, recordando que el acompañamiento social es, ante todo, un encuentro humano que refleja el modo de actuar de Jesús.
Para reflexionar
- ¿En qué momentos de nuestra acción social corremos el riesgo de olvidar la dignidad de la persona?
- ¿Cómo podemos asegurar que nuestras prácticas (acogida, escucha, acompañamiento) sean verdaderamente personalizadoras y no uniformizadoras?
- ¿Qué cambios organizativos necesitamos para que la centralidad de la persona impregne no solo la relación directa, sino también la gestión interna?
La cita
«Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).