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Bloque 3 - Ficha 8

Ficha 8 – Misericordia y compasión

(Bloque Valores – El amor hecho cercanía y cuidado)

Para qué sirve esta ficha

Para comprender la misericordia como el rostro concreto del amor que se inclina hacia quien sufre, generando cercanía, cuidado y justicia.

Ideas clave

La misericordia es el rostro del amor en movimiento: un amor que no se queda en palabras, sino que se inclina hacia quien sufre y lo reconoce como igual en dignidad. «Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso» (Lc 6,36).

Desarrollo

De la emoción al compromiso

La compasión no es lástima, ni apoyo asistencialista. Es reconocer que la vida de la otra persona me concierne, que su dolor me interpela y que su dignidad es también responsabilidad mía.

Como explica Adela Cortina (2017), la compasión auténtica no consiste en sentir pena, sino en la disposición a compartir activamente el sufrimiento de la otra personas, comprometiéndose en la búsqueda de justicia.

Por eso, la misericordia no es un gesto emocional, sino una fuerza ética que transforma la mirada y orienta la acción.

En el corazón del mensaje cristiano, la misericordia es la forma más concreta del amor. Es un modo de mirar y de estar: se traduce en gestos, decisiones y estructuras que cuidan y restituyen dignidad.

Misericordia que transforma y humaniza

La misericordia verdadera no baja desde arriba para dar, sino que se sitúa al lado, reconociendo a la otra persona como igual.

Quien acompaña desde la misericordia se deja afectar por la vida del otro, de la otra, y permite que esa experiencia lo transforme.

Simone Weil (1943) describía esta actitud como “atención pura”: una forma de mirar sin dominio, capaz de liberar y reconocer. En Caritas, esta atención se hace visible en los gestos de acogida, escucha y acompañamiento que sostienen a las personas más allá de su situación inmediata.

La misericordia así vivida transforma también a quien acompaña. Es una experiencia recíproca: al abrirnos al sufrimiento ajeno, descubrimos nuestra propia fragilidad y aprendemos a vivir con mayor hondura. 

La misericordia humaniza a todas las personas implicadas en el encuentro.

De la misericordia personal a la justicia estructural 

La misericordia no puede quedarse en el ámbito privado: necesita traducirse en responsabilidad social y comunitaria.

Como recuerda Jon Sobrino (2002), la misericordia cristiana no es solo respuesta al sufrimiento, sino una toma de partido por la justicia y la vida de las personas empobrecidas. Cuando la misericordia se convierte en práctica comunitaria, genera culturas del cuidado que impregnan nuestras instituciones, la política y la economía.

Misericordia y justicia se reclaman mutuamente: la primera abre el corazón; la segunda garantiza que la compasión se haga estructura, derecho y oportunidad para todas las personas.

La misericordia es así una virtud pública que mantiene viva la humanidad en medio de los sistemas, una forma de amor político que encarna el Evangelio en lo cotidiano.

Para reflexionar

La cita

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7).